Detrás de la vía del tren: Barrios tradicionales de Querétaro

Pocos saben que en las inmediaciones de la ciudad de Querétaro se oculta un lugar que vive en una realidad totalmente diferente a la nuestra, donde el cambio de ritmo es evidente y un mercado marca el pulso del corazón de toda la colonia.

Autor: Santiago Quibrera

Eran las cuatro de la tarde aproximadamente, las primeras gotas de lluvia empezaban a caer del otro lado de la vía. Todos estaban en silencio mientras esperábamos a Israel, el guía que sería el encargado de dibujar nuestro camino entre las calles de los barrios de La otra banda.

Según nos contó en una breve explicación, la otra banda es una asociación dedicada a acciones sociales en la zona, entregan comida, realizan círculos de atención y tienen una línea para cuidado a personas que lidian con problemas psicológicos. Tomamos Avenida Universidad para llegar al primer barrio. En San Sebastián el olor a petricor se intensificó, las calles estaban infestadas de movimiento, los comercios infestaban las calles con clientes y transeúntes que seguían sus conversaciones habituales. Enfrente de una rosticería, un niño comía un helado en cono de galleta; me hizo recordar cuando era pequeño y mi mamá me recogía de la escuela. 

Fue por San Sebastián donde vimos la vía por primera vez. Anteriormente ya había pasado por este monumento histórico, pero siempre dentro de un vehículo. Verlas tan cerca de mi pie representó una sensación de descubrimiento, de alguna manera me sentí conectado a todos los posibles destinos del tren. Para pasar al otro lado de la vía cruzamos un puente peatonal de concreto, estaba repleto de grafitis y basura que adornaban las escaleras junto con el óxido que ahí se había acumulado. 

Las escaleras nos encallaron hacia una cancha de fútbol que como todo lo demás alrededor acumulaba marcas de uso, el concreto estaba quebrado, la reja que protege la estancia del balón dentro de la cancha estaba oxidada y tenía dejos de pintura, seguramente alguien anteriormente había intentado pintarlo o renovarla sin éxito. Nos sentamos por un momento a descansar en las gradas de concreto donde pensé en las tardes cuando salía a jugar con mis amigos a las canchas cerca de mi casa.

Seguimos caminando entre colillas de cigarro y envolturas de basura, la terracería de las calles limitaban la soltura de la caminata mientras pasamos frente a la miscelánea Itzel, que estaba muy activa para ser las cuatro de la tarde. Durante todo el camino, los ruidos de los autos dentro de avenida universidad musicalizaban nuestro paseo, era una mezcla de sonidos caseros identificables como los gritos de una mamá, y el caos sonoro de una de las avenidas más concurridas de la ciudad. En los barrios de la otra banda el ruido es un vecino más.  

Cerca del barrio de El Cerrito, tomamos una pausa frente a un templo que desfilaba una zona de juegos infantiles en su fachada, este tipo de detalles me hace darme cuenta del sentimiento de comunidad que corre por la sangre de los habitantes de la otra banda, pues un centro religioso se puede convertir en el lugar para una reunión de juego en cualquier momento. Nos sentamos en las bancas de baldosa a esperar indicaciones, Israel dividió nuestra peregrinación en dos secciones, la primera sección debía seguir la ruta que caminamos desde el inicio, mientras que la segunda debía cruzar la avenida. 

Como parte de la segunda sección, me adentré al corazón del barrio, el mercado de El Tepetate. Todavía no estaba instalado, aunque por razón del tianguis que se levanta los jueves en las noches las preparaciones ya habían empezado. Nos contaron que años atrás el mercado había sufrido un incendio años atrás que consumió gran parte del mercado, sin embargo, ese día no pude ver ni la más mínima consecuencia del fuego, todo parecía óptimo. La pintura en las paredes, las telas características que bailan encima del mercado e incluso los baños me hicieron recordar cuando mi abuela y yo recorríamos el mercado buscando juguetes e ingredientes para la comida, y es que hay algo mágico en este mercado que inmediatamente te  contagia con una agresiva necesidad de estar con tus seres queridos. Dando la vuelta a la manzana reflexioné acerca de todos los momentos que este mercado había visto. Había estado viviendo en Querétaro veintiún años y nunca había plantado pie ahí, eso me hizo sentir ajeno tanto al barrio como a la ciudad.

Para finalizar el recorrido, fuimos a las oficinas centrales de la otra banda, era una construcción levantada en una de las esquinas detrás de la vía del tren. En la fachada lucía un mural de tortugas que nos recibió junto con una familia que nos ofrecieron sonrisas al entrar. Paquetes de comida estaban alineados en la entrada como esperando ser recogidos. Dentro del recinto el calor se atoraba a pesar de dejar las puertas abiertas, era pequeño, pero acogedor, a pesar de no haber hecho más que caminar, estar en ese lugar me hizo sentir parte de algo. 

Las conclusiones de los demás eran claras: se sentían ajenos al lugar tanto como yo, con un recorrido de dos horas nos habíamos percatado que a pesar de estar tan cerca de las personas que habitan este lugar, nuestro contexto estaba a leguas de distancia. La otra banda nos hizo reconocer la tradición del mercado y de las colonias que los protegen y a la vez, nos hizo reflexionar acerca de nuestro propio contexto. Ahora sé que las calles que transitamos día con día, carecen de esa naturalidad familiar que habita detrás de la vía del tren. 

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