Autor: Guillermo Centeno
Caminando por el barrio “La Otra Banda”, me encontré inmerso en un paisaje urbano que, a cada paso, revelaba un mosaico de contrastes impactantes. Decidimos aventurarnos en un espacio al que no suelo frecuentar, un lugar que, a primera vista, desbordaba una energía cruda.
Mientras recorríamos sus callejones, llegamos a las vías del tren, un rincón donde el tiempo parecía haberse detenido. Me quedé paralizado al ver la desolación que nos rodeaba: basura acumulada por doquier, estructuras abandonadas que parecían haber resistido años de olvido, y un aire pesado que acentuaba la sensación de descuido. Las vías, que alguna vez fueron el corazón palpitante del movimiento, ahora eran un triste reflejo de la decadencia.
Lo que más me sorprendió fue el momento en que decidí cruzar las vías, ansioso por experimentar de cerca la realidad de esa zona. De repente, un hombre de aspecto rudo se acercó a mí. Su presencia era intimidante, y su mirada, cargada de intenciones inciertas. Con voz firme, me preguntó si le hacía el favor de acompañarlo a “partirles la madre” a otro barrio. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda; la preocupación y el temor se apoderaron de mí.
Sin querer mostrar miedo, respondí con un “vamos”, aunque en mi interior la inquietud crecía. Me acerqué al grupo con cautela, tratando de adaptarme al entorno, pero con cada paso que daba, el desconcierto aumentaba. Afortunadamente, el hombre siguió su camino poco después y yo pude respirar aliviado. Fue una experiencia que me dejó una huella profunda, un recordatorio de las realidades complejas que existen más allá de lo que conozco.
Cuando dejamos atrás las vías del tren, nos adentramos en un laberinto de calles, un recorrido que, en lo personal, no me resultaba del todo extraño, ya que me recordaba a las calles de mi ciudad natal, Irapuato. Sin embargo, lo que realmente me sorprendió fue llegar a la vibrante zona del mercado del Tepe. Quedé maravillado por la increíble variedad de colores que decoraban los puestos y las fachadas de las casas. Era como si cada rincón estuviera pintado con una paleta infinita de tonos, creando un mosaico visual que resultaba imposible no admirar. Los colores, tan vivos y saturados, me hacían sentir que caminaba dentro de una obra de arte urbana, donde cada detalle contaba una historia.
Mientras avanzábamos, mis sentidos fueron asaltados por una impresionante diversidad de olores. El aroma delicioso del pollo asado se mezclaba con el de las carnitas recién hechas y el dulzor de la fruta madura. Pero, entre estos olores embriagadores, también se colaban algunos menos agradables, un recordatorio de que no todo en este paseo era perfecto.
El momento que más me conmovió, y que sin duda dejó una huella imborrable en mi memoria, fue cuando, en medio de la caminata, me topé con una pequeña tienda de abarrotes. En su interior, descubrí unas maquinitas de juego, de esas con las que solía divertirme cuando era niño. Verlas allí, intactas en el tiempo, me llenó de una nostalgia profunda. Fue como si, por un breve instante, regresara a mi yo de 7 años, sintiendo esa misma felicidad pura e inocente que me hacían sentir esos juegos. Fue un recuerdo hermoso, un tesoro inesperado en medio de un día que ya se perfilaba como inolvidable.

