Iglesia de San Sebastián.
Autor: Ramón Thomas
La semana pasada, tuve la oportunidad de asistir a un recorrido guiado por el Barrio del Tepetate, en Querétaro. Duró aproximadamente una hora y tuvo como propósito mostrar una cara de la realidad diferente a la vista con regularidad tanto por mi, como por quienes me acompañaron.
Para relatarlo, comenzaré por decir que no siempre estuve consciente de la posición en la que nací. Me agudicé en prepa, lugar en donde me decidí por un grupo de amigos específico. Si bien solo fui en dos escuelas hasta partir a Querétaro, la muestra de gente que conocía en aquel entonces me dio para ver algunos contrastes. Suficientes para concluir en que yo era el privilegiado. Puedo dar constancia de un antes y después dentro mío una vez comprendí esto – ante mí se reveló un mapa ampliado de la sociedad, dentro del cuál consideraba a los que veía como desaventajados.
Sin embargo, he de reconocer que esto solo me representa un mero ejercicio intelectual, hecho porque se me inculcó desde chico la inquisitividad necesaria para llevarlo a cabo. No he experimentado la realidad tras él y contadas ocasiones me he visto cerca de siquiera presenciarla.
Cuento a la caminata que hice dentro de esas casualidades. La experimenté desde una perspectiva que reconocía mi otredad respecto al entorno que me rodeaba, pero que igual buscaba comprenderlo con el menor prejuicio posible. Comenzó en el Jardín de los Platitos, localizado muy cerca de la Avenida Universidad. En él, nos reunimos con nuestro guía, quien nos explicó el propósito que tiene la organización que lo auspiciaba, de nombre “La Otra Bandita”. Así mismo, nos dió un prefacio de lo que nos esperaba, recomendándonos verlo con ojos que reconocieran las desigualdades implicadas en el contraste entre lo que veíamos como normal, y lo que no.
Bajo esa introducción, partimos. Nuestra primera parada fue en la Iglesia de San Sebastián, lugar aparentemente desierto a las horas del día en que lo visitamos. Pero la realidad, cruda como ella misma, asomó su cabeza tan pronto me dispuse a observar con detenimiento a mi alrededor y divisé a una persona sin hogar sentada en una esquina.
Más o menos así resumiría el proceso analítico en mi cabeza al seguir caminando: ves todo en orden a primera vista, pero con un poco de indagación, das constancia de cosas que nunca se verían en lugares de mayor plusvalía. Conforme el recorrido avanzó, menos necesario era detenerse a observar, pues los alrededores comenzaban a gritar. Claros estuvieron sus gritos en el cruce del puente que siguió a la iglesia, donde vi de lejos a una persona en medio de las vías del tren que separaban un lado del otro. Subieron de claros a ruidosos cuando comencé a caminar por banquetas demasiado estrechas para el flujo enorme de personas que albergaban y para cuando crucé un callejón próximo al Mercado del Tepetate donde claramente no era bienvenido, sus gritos se convirtieron en mero ruido de fondo.
Llegamos al establecimiento de “La Otra Bandita” después de terminar la caminata. Dentro de él, tuvimos una breve plenaria, y luego cada quién partió a casa por sus propios medios. Tomamos una ruta larga para llegar ahí, pero no era la única. Había otra más fácil, mucho menos atareada, que no conllevaba cruzar al otro lado de las vías del tren.
Tras anotar todo lo que debía de anotar, decidí tomar la ruta fácil, así volviendo a mi mundo. La experiencia fungió como un fuerte recordatorio de lo afortunado que soy, así como también le puso cara a una realidad que antes solo conocía por nombre.

