Un reflejo de lo que queda fuera

Casa cerca del Kiosco.

Autor: Diego De Alba

El otro lado del río, los otros. Eso fue lo primero que escuché antes de comenzar mi recorrido por La otra bandita. El sol estaba a unas horas de iniciar su descenso, cuando comenzó mi camino hacia las calles de un Querétaro que desconocía. La luz resplandecía sobre mi piel y el calor me hacía transpirar, pero fue mi curiosidad lo que me permitió ver todo lo que no había visto.


En la primera parada de este recorrido, lo primero que pude sentir fue el ruido del centro de una ciudad viva. Semáforos, transporte público, peatones y vehículos generaban sonidos que estorbaban y aturdían mis oídos. Mis ojos, por otra parte, fueron víctimas del polvo y la tierra levantada por los coches y las construcciones de los alrededores. Fue así como llegué al “silencio” de La otra bandita.


Ligeramente aturdido y con una pequeña sensación de picazón en nariz y ojos, llegué a la iglesia de San Sebastián, donde la realidad de las calles se hacía cada vez más evidente. Afuera, la vida seguía su curso, pero no siempre de la manera más amable. Lo primero que captó la atención de mi mirada fue una persona durmiendo en la calle en la plaza frente a la iglesia. Su rostro dormido era un testimonio silencioso de las batallas diarias que muchos libran en las sombras de la ciudad.


Mi camino seguía por las calles de la otra banda, donde las casas viejas, con sus muros desgastados, parecían sostenerse solamente por la fuerza de la costumbre. Me sentí observado, como si mi presencia alterara el frágil equilibrio de este rincón de la ciudad. Parecía que mi presencia interrumpía algo.


Al caminar por las vías del tren, una presencia constante en el paisaje urbano de esta zona, un hombre se acercó, ofreciendo un “gallo”. Su oferta fue casual, como si ofrecer marihuana a un extraño fuera tan común como vender frutas en el mercado. Las vías, rodeadas de basura, parecían ser una línea divisoria, no solo entre dos partes de la ciudad, sino entre dos realidades muy diferentes.


El quiosco, un lugar que imaginé lleno de vida y de ruidos, pero que encontré sumergido en un silencio pesado, interrumpido solo por el crujir de las hojas secas bajo el viento. Un hombre dormía en una jardinera, su cuerpo cubierto de tierra, su rostro ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Las pocas personas que estaban allí parecían haberlo aceptado como parte del paisaje, pero la imagen me dejó un nudo en la garganta.


La basura se acumulaba en cada esquina, en cada rincón que mi mirada alcanzaba. Era un recordatorio constante de que, a pesar de su historia y su resistencia, esta parte de la ciudad había sido olvidada por muchos, relegada a ser solo “el otro lado”. Las casas, con sus muros agrietados y sus techos que se inclinaban como si estuvieran cansados de soportar el peso del tiempo, eran testigos silenciosos de vidas que transcurren al margen del rumbo habitual de la ciudad. Mientras llegaba al final de mi recorrido, esa sensación de ser un intruso no me abandonaba, sentía que mi presencia alteraba algo. Logré calmar mi respiración después de la caminata; me di cuenta de que lo visto y sentido no era solo una parte de Querétaro que desconocía, sino un espejo de la ciudad misma. Un reflejo de lo que queda fuera de las postales, pero que es tan real, tan vibrante, y tan importante como los lugares más conocidos.


Me quedé con una mezcla de melancolía y respeto, sabiendo que “La Otra Banda” es un lugar que nunca se revela del todo, pero que siempre deja una marca en quienes se atreven a caminar sus calles.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *